
Cuando viajas en coche, acabas sabiendo como son los bares. Y bares hay muchos.
Cuando los bares están a pié de autopista, o autovía, dan para hacer uno de esos ranking o clasificaciones que tanto me gustan. Los hay modernos y con bocadillos de plástico (típicos de las autopistas) donde la botella de agua no baja de los 2 euros, que recordemos son más de 300 pesetas de cuando éramos peques y pagábamos con tres billetes marrones. Los hay geniales, modestos, mediocres y sencillos, con sus empleadas por turnos, su horario 24 horas, sus cajas de mantecados a la venta y sus baños sorprendentemente limpios. Y luego están los peculiares. Mis preferidos.
Vas por una autovía, quieres parar a tomar un café, juegas a la
lotería de las salidas con flechita y simbolitos y olé…te encuentras a pie de carretera comarcal con esos bares de carretera que también son hostales, y que llevan ahí
toda la vida.
Cuando aparcamos delante de aquel, tenia una pinta ‘normal’ que es mucho más de lo que puedes esperar a media tarde, en la provincia de Zamora, con una niña con ganas de merendar y un marido con más ganas de merendar todavía.
Y allí estaban los tres.
El chico. Despistado. Pone dos cafés y es incapaz de recordar cual es el normal y cual el descafeinado. Seguramente son los primeros cafés que pone en toda la tarde.
El listo. Mediana edad y familiar del chico. Recomienda al ‘otro’ que se cambie de móvil, que esa compañía es malísima y que nada de pagar 60 euros por uno nuevo, que se dé de baja y que pida uno nuevo. Y el chico le recomienda el Iphone..ese nuevo,
que es un pepino. El otro escucha en silencio. Nada de donuts, de
croissants ya ni hablamos, claro. Tocan magdalenas.
Me olvidaba del
fantasma. Una mujer mayor, callada, y sentada en una mesa. No se mueve. Y desaparece de repente, no la vimos salir, no la vimos levantarse, y de repente ya no estaba. Empezamos a pensar en la posibilidad de que fuera
un fantasma en el bar de los 3.
El bar, inmenso, con un comedor oscuro donde cabría, allí comiendo, un colegio de EGB entero esta vacío. No hay tele y hace frío. Se oye una radio lejos y estamos solos, nosotros, el fantasma y los 3. De las telarañas en el cuarto de baño mejor ni hablamos, que es la hora de la merienda.
El otro. Al otro le han robado. Es la segunda vez, dice. Entraron por la cocina y solo se llevaron
lo de la maquina recreativa. Igual en la caja habría el importe de dos cafés y unas magdalenas, quien sabe. Las sillas de
sky (algo tan antiguo que no se ni como se escribe) y las mesas de formica son mas viejas que las de
Cuéntame. Y en las paredes hay anuncios de quesos de la zona. El otro sigue contando que fue con la escopeta hasta allí, a enfrentarse con los ladrones, pero ya se habían ido.
El listo no para de hablar de modelos de móviles.
El chico coge la mochila y se va a casa. Se aburre.
La mujer fantasma no vuelve así que decidimos irnos, antes de que las fantasías sobre escopetas, fantasmas y comedores oscuros se conviertieran en un cuento negro.
Por algo volvíamos de
Getafe negro, la semana de novela negra celebrada en Getafe.
Al menos las magdalenas estaban tiernas.